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Nueces al sol

20 oct 2025
6 min de lectura

Actualizado: 18 may

(casa, mediados de octubre, 2025)


Hace un par de días me desperté enfurruñada conmigo misma. Hago el desayuno, abro la puerta del jardín y entra una brisa fría que huele a campo húmedo y a felicidad, pero no parezco darme cuenta de nada ni nada me consuela. Refunfuño al terminar una reunión de un proyecto que me encanta y refunfuño mientras estoy poniendo una lavadora. Empiezo a cambiar de sitio las pequeñas pilas de libros pendientes que voy creando casi sin darme cuenta por toda la casa. Las reordeno y las muevo a otros lugares para luego devolver casi todas al mismo sitio donde estaban, dejando que sigan creciendo inertes y altas. Los pilares se acumulan por temática, por ganas o por autoras. Recojo los lápices, los cuadernos y las partituras que he esparcido por la mesa del comedor e intento poner algo de orden para que ese orden me entre dentro. Limpio el polvo, paso la aspiradora, friego los baños y paso la fregona por toda la casa. Normalmente me da tanta paz terminar el zafarrancho semanal, que me enfurruño todavía más cuando esta vez no consigo el efecto deseado. Incluso he ordenado el estudio, que estaba repleto de cartones y trocitos de papel higiénico de uno de los proyectos que estoy haciendo con mi alumnado este año. Tampoco encuentro consuelo ahí. Cuando voy a subir las escaleras, me fijo en la cesta de madera que sobresale de debajo de una de las mesillas. Y freno en seco. Esto es lo que ocurre. Saco la caja de su escondite y observo los guantes y el sombrero y me doy cuenta de que a lo mejor lo único que me pasa es que echo mucho de menos meter las manos en la tierra.

 

Amanecer que cubre de niebla Cirueches, como si fuera un mar entre los cerros.

Canon EOS 1200D prestada. 

 

Octubre llega repleto de proyectos. Empiezan varios meses de mucho trabajo por toda la comarca. Sé que soy afortunada porque voy consiguiendo trabajar en lo que me apasiona desde y en el territorio rural; empiezo a ver desde el año pasado que el esfuerzo y la constancia dan sus frutos y ahora hay propuestas, ilusión y crecimiento esperándome cada semana. La llegada del cúmulo de trabajo y el hecho de que, precisamente por esto, he decidido no poner huerta de otoño ni de invierno, me está afectando. ¿Acaso vine aquí para llevar un ritmo acelerado y olvidarme de salir al huerto? Pero intento ser menos dura conmigo misma y aprovechar que sigue habiendo alguna tarea hortelana pendiente. Así que cojo el bote que voy llenando para la compostera con los restos orgánicos de casa, mis guantes, mi sombrero y salgo a caminar por los senderos que conozco cada día con más detalle para llegar al huerto. Porque bajar al huerto siempre es una buena idea.


Me pongo manos a la obra y descargo el enfurruñamiento llevando a la compostera el bote y las plantas secas que ya no dan fruto, como, por ejemplo, esas mil plantas de calabacines que ahora me parecen serpientes secas deshilachadas y me cuesta pensar que han dado tanto… desmonto las estructuras de las plantas de pepinos y las llevo también al montón anterior, donde también acumulo las plantas secas de las judías. Corto las caléndulas que han rebrotado desde mi anterior recolecta. Alcanzo todavía a recolectar algún tomate Cherry y miro con un poco de esperanza hacia las tomateras de donde aún cuelgan varios grandes tomates verdes que parecen empezar a amarillear. Recorro la reguera hasta la huerta de V., que me dio permiso antes de irse para ir a recoger nueces bajo la gran nogalera que hay al fondo de su huerto. Cruzo entre los ciruelos, observo las esparragueras silvestres y me lanzo a buscar nueces por el suelo.  Me acerco al tronco del nogal y es cuando me doy cuenta de la silla que hay reposando a la sombra de sus ramas. Los huertos de este pueblo suelen tener sillas, especialmente el de V., que las va colocando estratégicamente para ir encontrando descanso cuando recorre sus dominios. Me siento en la silla y cierro los ojos.

Todo está bien.

Ya no hay enfurruñamiento, ni prisa, ni nada.

Me veo a mí misma transformándome en nuez, aquí, entre las hojas secas, desprendiéndome de mi ruezno para dejar que el sol me toque y me seque y me convierta en alimento de cosecha.

 

 Huerto de V., la silla bajo el nogal.


Ser nuez


Quizá por esto me gusta tanto el otoño: porque me abriga de una forma muy sutil.

A veces, en medio de una clase o mientras paso de página el libro que estoy leyendo en el jardín por la tarde, me recorre una ligera ola de tristeza antigua, que ya no me habita ni me conoce, solo me tiene costumbre. Se suele ir igual de rápido que viene, porque recuerdo que aquí, con las manos repletas de nueces y a la sombra de un nogal bello, la vida entera se ha transformado, como si tan solo le hubiera llevado hacerlo un mero instante de luz.


Cuando me invade ese escozor pasajero, retumban en mi cabeza muchas frases, muchos momentos que ahora tienen sentido, pero que en su momento no lograba encajar ni descifraba su resonancia. Me pregunto cuánto de lo que nos ronda hoy la cabeza encontrará respuesta en la experiencia de haber seguido caminando entre incertidumbres. Sentada bajo la nogalera las preguntas que me ocupan bailan y se agitan, brotan y desaparecen con la brisa que recorre las hojas del nogal. Sus colores me recuerdan que la vida es pasajera y los instantes se esfuman y la existencia se derrite rápido y por eso hay que devorarla sin miedo y disfrutarla y sentirla y serla. Se me ocurre que a lo mejor yo he venido al mundo sencillamente a sentarme en esta silla y a ser nuez que toma el sol sin ruezno que la cubra en el huerto de una persona buena. Me encantaría haber podido comprender esto antes, haber sido capaz de alejar con más fuerza la crueldad de un mundo que no permite la diversidad y castiga la diferencia. Me gustaría no saber a qué sabe la rabia silenciosa de quien siente que no ha tenido derecho a tener voz. Y, aun así, hay algo en nuestra naturaleza que nos mueve y nos impulsa a buscar respuestas; a luchar por nuestro lugar en el mundo y encontrar la voz dormida que nos habita.


Mientras escribo estas palabras, una bolita peluda y ronroneante me pide atención mordisqueándome los dedos de los pies y jugando con mis calcetines de osos mientras el bizcocho recién hecho se enfría sobre la encimera de la cocina y baña con su aroma el salón. La masa madre crece, recién alimentada. El cuaderno reposa sobre la mesa repleto de bocetos e ideas. El teléfono se ilumina por la llegada de un mensaje de amor.



A lo mejor (y solo a lo mejor), ser nuez en el huerto compensa cada paso del camino, calma los bosques abrasados de mi pasado, me hace comprender que nací de un árbol alto, rodeada de ramas y de hojas, sintiéndome una extraña porque yo realmente era nuez que debía lanzarse hacia el otoño, envolverse en sus colores, rasgar su cobertura y yacer tranquila sobre la hojarasca mientras toma el sol una mañana cualquiera en el huerto tranquilo de un pueblo calizo y precioso. El otoño envuelve esta elección brillante de vida en la que siempre habrá una silla en el huerto esperándome donde podré sentarme sigilosamente y agradecer cada encuentro habido y cada paso dado, porque sin todo ello quizá no estaría aquí hoy, colmada de paz horneando pan del trigo de un campo vecino entre nueces y al sol.

 

“(…) En Jándula, las lágrimas brotaban de un color diferente dependiendo de la emoción: rojas de amor, azules de tristeza, negras de dolor, amarillas de alegría… En las lágrimas de Fuensanta le parecía apreciar un ligero tinte morado, así que se dijo que todo estaba bien, que no eran de amor. Si María hubiera sabido que eran el cian y el rojo los que formaban aquel color, no se habría quedado tan tranquila. (…)”

 

La península de las casas vacías, David Uclés

 

 

 
 
 

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