Ajonjolí y flores de saúco
(casa, finales de mayo 2026)
Puede resultar difícil ver los diminutos insectos que habitan el jardín. Para llegar a hacerlo una debe sentarse sin prisa y con paciencia en algún rincón a la sombra del sol abrasador que parece haber engullido nuestra primavera para dar paso a temperaturas, aromas y sensaciones que nos sitúan erróneamente (según el calendario), en pleno verano cuando aún estamos terminando de transitar mayo. A primera hora de la mañana podemos disfrutar aquí, entre los cerros, de una brisa fresca que intento que recorra el interior de la casa para ventilarla y que se temple un poco la calorina acumulada del día anterior. Hago un té con hielo, tuesto el pan que amasé, horneé y rebané hace unas semanas y que dejé acumulado en bolsas en el congelador y preparo el queso que pondré sobre ellas para desayunar. Ahora puedo sentarme en uno de los escalones que descansan a la sombra del quejigo en el jardín. A esta hora todo se ha calmado. Lejos ha quedado el intenso revoloteo nocturno primaveral que me recuerda que la vida sucede también en la oscuridad mientras yo duermo, porque todo revive en primavera cuando comienza a caer la tarde y llegan las tinieblas y los luceros que dan cabida a las criaturas nocturnas, esos miles de ojos, trinos, chasquidos, berridos, aleteos, croares, y murmullos de hojas movidas por el viento que suenan igual que el oleaje del mar. Cuando cierro los ojos y escucho atentamente bajo las estrellas acaso puedo distinguir una mínima parte de todo lo que está ocurriendo a mi alrededor. La luna brilla con fuerza, tanto que entra por las ventanas y que se podría confundir con las farolas de no ser por su frialdad de tonos, una luz blanca, muy azul, que baña toda la casa y la convierte en una madriguera misteriosa, casi desconocida.
Ahora el sol comienza a asomarse por la Peña del Cuervo y su luz acaricia el jardín; tengo la sensación de ser la única criatura despierta en medio de una selva campestre que descansa plácidamente tras esa particular romería que es la noche en estos lares. Termino mis tostadas y veo una pequeña hormiga llevarse uno de los granos de ajonjolí que han caído del pan. Sobre su cuerpo cae con fuerza esta semilla de sésamo bañada en malta que ha dado un color bronceado a la corteza de mi simit, y cuya miga he terminado de zamparme con alegría. A las 8 de la mañana, el biruji me calma y se cuela por partes de mi mente que despiertan y se refrescan de repente. Una mariposa limonera está posada en el romero. Ella quiere tomar el sol. Salgo hacia las ruinas cercanas para observar en las plantas de hinojos silvestres si hay alguna oruga de la mariposa macaón, aunque posiblemente aún sea temprano para verla. Me fascina pensar que esa oruga verde con líneas atigradas naranjas y negras se transformará en una mariposa de alas amarillas, con líneas negras, e incluso un toque azul, guardando en común una zona pequeña anaranjada con la que una vez fue. De repente, un ruido rápido y pesado hace que me gire hacia las rocas altas, donde un corzo ha notado mi presencia y sale corriendo, con un salto impresionante, cerro arriba. Es milagroso. Una vez más lo pequeño me demuestra la grandeza de lo vivo: unas alas con aroma de hinojo que revolotearán por la madreselva, unas cuernas jóvenes que se alejan corriendo, y que seguramente hayan empezado a formarse tras haber descorreado las anteriores a finales del invierno y principios de la primavera, un par de meses atrás. Ladra mientras se marcha y su ladrido retumba por las ruinas, donde la abubilla comienza su cántico mañanero. Parece que le ha dado el relevo y yo siento que la belleza se vuelca en lo más sencillo de la naturaleza, en ciclos esenciales que ocurren ante nuestros ojos si somos capaces de dedicarles tiempo, atención, e incluso ilusión. Las amapolas bañan el campo y los saúcos perfuman la mañana con sus diminutas flores blancas. Esta primavera se han transformado en sirope. Reposan en el congelador varios botes repletos de sirope de saúco, denso y riquísimo. Lo añadimos a zumos o a agua y se convierte en un refresco dulce y fresco con la ayuda de un par de hielos; un manjar para las tardes calurosas y la tarde-noche en el jardín.

La abubilla (Upupa epops) sobre las ruinas. Fotografía con móvil a través de prismáticos.
Es hora de retomar el camino desbrozado entre las gramíneas de vuelta a casa para empezar el día. Al llegar a las escaleras un saltamontes marrón intenta entrar conmigo a casa, pega saltos sobre el suelo cerámico y se acopla en un rincón a la sombra. No es fácil cogerlo, es rápido y está muy espabilado, cosa que yo todavía no he logrado del todo. Para poder observarlo bien, consigo cogerlo haciendo una esfera con mis dos manos y abro levemente todos los dedos para que entre la luz. Una jaula de carne. Vete tú a saber lo que piensa el saltamontes al ver un ojo de humana mirarlo a través de los barrotes. Lo suelto en el jardín y vuelvo a casa, ya concentrada en empezar el día. El corzo estará ya lejos, refugiado entre los cerros bajo la sombra de los quejigos. La mariposa limonera habrá secado sus alas y entrado en calor para comenzar sus revoloteos. La abubilla sigue, siempre tan constante y puntual, su canto acompañado de ese movimiento de cabeza tan característico. Las hormigas se han llevado todo el ajonjolí del suelo. La humana se sienta a hacer lo necesario para poder seguir disfrutando cada mañana de este oasis, de este edén sobre piedras calizas donde seca sus alas, entra en calor, canta desde las ruinas y mordisquea ajonjolí, sí, y una buena miga de pan.





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