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Lo que el fuego no se llevó

25 jul
5 min de lectura

(Casa, veintipocos de julio 2026)


 

El sol del atardecer cubierto de humo desde el costado

de un cortafuegos de la Sierra junto a una zona calcinada.


Hace más de una década, mi amiga S. se fue de Erasmus, dejándome encargada de las clases extraescolares de Dibujo y Pintura en infantil y primaria de un colegio público en Madrid. La idea era que, al volver al curso siguiente, ella retomara las clases, ofreciendo así una alternativa a su ausencia durante ese curso. Así fue. Recuerdo bien las clases que di ese año porque fue la primera vez que me enfrenté a un aula de pequeñas criaturas a las que, aparentemente, les gustaba dibujar. Yo había impartido clases particulares durante varios años y ya daba formación al profesorado en la universidad, pero cualquier aula, y más de primaria, (y más de arte) me seguía imponiendo verdaderamente. Todo fue bien, una experiencia en la que crecí exponencialmente. Cuando había cogido algo de confianza, me permití el lujo de meterme en un pequeño lío: un día les propuse dibujar a su familia y al lado la que les gustaría tener. El resultado fue variado, entre lo que destacó la transformación de unos cuantos hermanos dibujados como monstruos, una hermana castigada dibujada al revés y una reflexión aguda de una de las niñas que más me retaba: “mis padres están divorciados y este dibujo va a ser mentira”. Una sabia.   

Alonso era de los más pequeños, un niño de 1º de primaria que acaba de perder a su padre unos meses atrás. Él dibujó un manzano y un hada y, en el revés del folio, escribió esto:

 


Era se uan vez una flor majica cesi uanvez estabas mal una ada se la yebaba

y le niño se sen tia mejor Fin. (Alonso, 6 años, 2015)

Traducción de la autora:

Érase una vez una flor mágica que, si una vez estabas mal,

un hada se lo llevaba y el niño se sentía mejor. Fin. 

 

 Llevo días acordándome de la flor mágica de Alonso. Compartí el dibujo y texto de Alonso en distintas formaciones de creatividad para hablar del aspecto emocional ligado a la creación artística e incluso literaria, pero he estado años sin acordarme de él. Ha habido, sin embargo, un fuego que me lo ha traído de vuelta: el incendio forestal de La Mierla que ha arrasado nuestra Sierra Norte de Guadalajara, engullendo más de 32.000 hectáreas a su paso, dejándonos con un sentimiento de abrasión profunda, pena e impotencia que todavía no consigo asimilar. Como Alonso, algo dentro de mí desea profundamente encontrar un remedio que se lleve lejos este dolor, que me ofrezca una cura directa para tanta tristeza.

Necesito una flor mágica.

 

Los pueblos de la sierra estamos llorando cada vida calcinada, cada milímetro abrasado de la tierra que nos acoge y nos alimenta el espíritu y el sentido de existencia. Abrazo a quienes han crecido a la sombra del Alto Rey, pues ellas llevan dentro una herida que yo no puedo vislumbrar. Mientras, lamo la mía, que me resulta profunda y dolorosa, pero diminuta en comparación con la suya.

 

Esta no es una carta para describir el daño y las consecuencias que el incendio traerá al entorno. Tampoco para denunciar y perseguir al culpable, porque espero verdaderamente que de eso se encargue la justicia. Ni siquiera para hablar de cómo están creciendo los incendios en toda España (y en el mundo), una consecuencia directa y prevista (y advertida) científicamente por el trato que ejercemos a la Tierra, por mucho que intentemos negarlo y justificarlo con teorías rocambolescas que parecen ser sencillamente chivos expiatorios para, en definitiva, no mirar a los ojos al monstruo consumista e ilimitado que hemos creado, dejando que siga campando a sus anchas para beneficiarnos infinitamente de unas comodidades y una limpieza de conciencia inconsecuentes e imposibles de sostener por la naturaleza ya agonizante.

 

Escribo realmente porque esta es la única manera en la que consigo encontrar una pequeña flor mágica que absorba el dolor y vierta algún ungüento suave sobre estas quemaduras, cuya cicatriz nos dejará una marca imborrable. No existe flor mágica tan grande ni ungüento tan poderoso que pueda compensar la realidad: nunca retornará la Sierra que conocimos. La lloraremos durante muchos años, de eso estoy segura. Y la extrañaremos: no serán escasos los momentos en los que algo dentro de nosotras salga corriendo hacia sus cimas para lanzarse desde ellas a rodar montaña abajo por el monte, acabando a las orillas del Pelagallinas, repletos nuestros ojos y repletas nuestras bocas de ceniza porque así es como se siente a pesar de no habernos lanzado todavía y así es como nos despertamos hoy mientras termina de desaparecer el humo de lo que sigue quemándose. Se repetirán en nuestra memoria las imágenes de las llamas. Nos escocerá la maldad de quienes se lucran y se divierten con nuestra herida, también aquellos que la tergiversan, y aquellos que la invalidan. Sentiremos más aguda que antes la sensación de abandono del entorno rural por parte de una sociedad cada día más desapegada de la tierra y de la naturaleza, aunque la sigue necesitando radicalmente y siempre lo hará. La tierra y la naturaleza, en cambio (y sin duda alguna), vivirían mejor en la carencia de nuestra especie.

 

Pero también nos uniremos, lloraremos juntas. Auparemos a cada persona que ha trabajado sin descanso para parar el fuego. Nos abrazaremos al vernos, comprenderemos en el silencio del abrazo esto que nos lastima tan profundamente. Seguiremos luchando. Volcaremos sobre las cenizas cada lágrima con el deseo de hacer renacer de ellas un ave fénix verde y azul que nos envuelva y nos dé la fuerza para desplegar las alas, gritar nuestro dolor, dejarlo ser luz y camino, sacarnos de la oscuridad de lo calcinado. Pintaremos nuestras mejillas con el carbón serrano y también nuestros cuerpos y nuestra memoria para danzar unidas y seguir adelante sin olvidar quiénes fuimos y quiénes somos: sierra y río, valles, sal, azúcar, cimas, pinares, trucha, libélula, seta de cardo, serbal, corza, culebra, halcón peregrino, roble, jara, norte. Ojalá haber nacido laguna y haber podido volcarme a tiempo sobre la sierra. Pero por ahora solo puedo volcarme yo dentro de ella en cuanto pueda, agradecida de poder seguir bañándome en su remanso a la sombra de su chopera y sus fresnos. Puedo intentar volver al Bornova para hundir mi cuerpo en sus aguas y contener la respiración: abrir los ojos, ver los rayos de sol que atraviesan el agua esquivando las hojas de los alisos. ¿Seguirán allí los preciosos alisos? ¿Sus diminutas piñitas que tanto me gusta recoger? ¿El rincón donde me abrazo a T. al sol y sobre las rocas? Ave fénix, dame la valentía de volver y la fortaleza de soportar su transformación. Dame el consuelo de saberme criatura ínfima en la inmensidad de lo que somos, un instante efímero tejido al entramado de la existencia: algo ligero que pasará desapercibido y cuyo dolor, finalmente, también pasará. 

Ave fénix, ilustración digital de la autora. Julio 2026


Es hora de seguir adelante y comenzar esta nueva era en la Sierra: una era forzada, sí, donde un trocito de nuestra alma se ha quemado con ella. Pero nueva, al fin y al cabo: desconocida. Habrá que vivirla para saber dónde nos lleva. Tendremos que sentirla y sembrarla de todas las flores mágicas que tengamos para continuar el sendero y dejar ir lo que se ha llevado, a la par que seguimos intentando habitar y cuidar lo que ha permanecido, luchando por la tierra y desde ella.

 

Ojalá esa ave fénix eleve nuestros corazones y nos acompañe con fuerza en este nuevo palpitar.

 
 
 

2 comentarios


No hay palabras más bellas, llenas de dolor y esperanza por esta tragedia, es necesario encontrar esa maravillosa flor mágica para que nos sea llevadero tanto dolor.

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Preciosa manera de describir este desastre. Lastima q no se aprenda lo suficiente para evitar una y otra vez situaciones similares repartidas por todas partes. Ojalá hubiéramos podido ser todos Rios para haberlo podido evitar.

La ilustración muy bonita.

Muchas felicidades por saber describirlo de esta manera en parte con la fantasía, esperanza y mirada de un niño. Intentaremos sembrar todos los rincones de estas flores mágicas para que puedan anidar por todas partes las aves fénix y revivir este lugar mágico.

Un abrazo.

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© 2020 María Giménez-Arnau. Todos los derechos reservados.

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